El Maestro interior

“Tenemos un solo Maestro. Y, bajo él, somos todos condiscípulos. No nos constituimos en maestros por el hecho de hablar desde una cátedra. El verdadero Maestro habla desde adentro”. Sermón 134, 1, 1.

El educador Agustiniano sabe quién es el verdadero Maestro, y es por eso que está permanentemente atento a la escucha de la Verdad que habita en el interior de todo hombre, acercándose a él con respeto y admiración.

Actúa siempre desde una profunda y sincera reflexión interior sobre sí mismo, las cosas y Dios y no se pierde en vana palabrería, datos e información que desborda y ahíta, sino en el manejo preciso de las cosas necesarias para la formación y la sabiduría.

Busca no transmitir ideas como datos que vienen de fuera a llenar su supuesto vacío interior, sino que pretende suscitar ideales válidos que formen actitudes y conductas precisas frente a la vida y a un mundo, que debe manejar según el Evangelio y el seguimiento de Jesús de Nazaret.

A la búsqueda de la interioridad

“Por qué gustas tanto de hablar y tan poco de escuchar? Andas siempre fuera de ti y rehusas regresar a tí. El que enseña de verdad está dentro; en cambio, cuando tú tratas de enseñar, te sales de tí mismo y andas por fuera”. Comentarios al salmo 139,15.

El educador Cervatino no es vendedor de palabras, sino acicate para la vuelta a la propia interioridad y el descubrimiento de los propios valores.

Propicia el clima de serenidad suficiente para permitir a cada uno de sus alumnos el crecimiento de su propia interioridad, sin la compulsión de las cosas y sus acontecimientos.

Desde su propio equilibrio emocional incita y ayuda a dar a luz y expresar adecuadamente el rico mundo interior de cada uno de sus alumnos.

Participación de la verdad

“La verdad no es mía, ni de aquel otro, sino de todos nosotros, llamados por Dios a la comunión y amonestados por Él a no guardar la verdad como bien privado para no vernos privados de ella. El que reivindica como privilegio personal lo que a todos pertenece y quiere gozar a solas lo que hay que gozar con los demás, es expulsado del bien común y relegado al suyo propio, es expulsado de la verdad y relegado a la mentira”. Confesiones 12,25

El Educador Agustiniano sabe que la verdad no se impone, se alcanza y se participa; que educar imponiendo es propiciar resentimiento y rebeldía, irrespetar profundamente la libertad y la persona humana y producir mediocridades.

Sabe que ningún método es ni único ni mejor que otros y que hay muchos caminos, todos igualmente válidos, para alcanzar la sabiduría, la perfección y la santidad, porque en todos ellos está Dios.

Es consciente que la verdad, además de ser patrimonio común, es permanentemente escalable y por lo tanto, siempre perfeccionable y en proceso permanente de búsqueda por parte de todos, pues, en esto, somos todos siempre alumnos.

Formación del hombre

“Los conocimientos que se imparten son como el andamiaje que ayuda a construir el edificio de amor y de la sabiduría, edificio que durará por siempre, incluso cuando los conocimientos hayan sido olvidados” Carta 55,21,39.

El Educador Cervantino acepta de buen agrado el ejercicio de acompañamiento a sus alumnos, sin empujarlos a una formación y madurez aceleradas, ni frenar o detener su ingenio y vivacidad obligándoles a marcar su propio paso.

Respeta la diversidad de cada persona, consciente que la uniformidad es profundamente deformante y que debe incrementar esa riqueza y variedad que Dios mismo ha creado y querido.

Propicia el clima adecuado para que cada uno crezca sintiéndose sí mismo, sin imposición de modelos y pautas uniformantes o ejemplarizantes que desvirtúan la auténtica madurez y formación profesionales.

Capacidad de adaptación

“El maestro provoca auténtica satisfacción en sus alumnos, cuando proyecta la luz de sus explicaciones sobre materias que no están claras. Pero cuando se detienen más de la cuenta en asuntos trillados, se convierte en un pesado . Hay, pues que mantener un cierto equilibrio, evitando tanto la pesadez como el desencanto”. Sobre la doctrina cristiana 4,10,25

El educador Agustiniano está abierto a la marcha de la historia, en sintonía con los acontecimientos de su tiempo, insertándose en ellos para construir un mundo que sea realmente el Reino de Dios.

Sabe hacer una lectura permanente de los signos de los tiempos para acompañar a sus alumnos en la búsqueda de sus propios caminos, evitando así la alienación de adecuarlos a épocas pasadas, que sólo son mejores para la cobardía de enfrentar los tiempos nuevos y los retos que nos presentan.

Considera y asume que su proceso de madurez y aprendizaje nunca se cierra, y, por eso hace de su vida una permanente inquietud de búsqueda de la Verdad.

Autoridad y disciplina

“En todo aprendizaje somos guiados por la autoridad y por la razón. La autoridad tiene prioridad cronológica, pero en el proceso formal de la educación, la razón es lo primero”. (Del tratado del orden 2,9).

El educador cervantino es consciente que la autoridad y la disciplina son simples medios, y, por eso, hace de ellas el uso correcto y suficiente, al igual que de su ubicación en el universo mental y emocional de sus alumnos .

Más que como sargento de cuartel, a la búsqueda de uniformidad, imposición y cumplimiento, maneja la disciplina, el orden y la autoridad desde el acompañamiento y el caminar junto a sus alumnos, como hermano y amigo que necesita imponer porque sabe compartir y aceptar.

Entiende, y ha aprendido desde el Evangelio, que la autoridad es servicio y que no educan y perfeccionan las muchas normas y preceptos, sino el amor que los supera todos.

Enseñando y aprendiendo

“La obligación de enseñar es consecuencia del amor a los demás. La obligación de seguir aprendiendo es consecuencia del amor a la verdad”. Cuestiones sobre Dul.2,6

El educador Agustiniano hace de su vida un permanente aprendizaje, porque sabe que toda la vida es escuela de perfección y que el tiempo vale sólo si lo hacemos vida y santidad.

Acepta de buen grado la corrección pues considera que la terquedad y seguridad no son parte de su vida y que saber enmendar es consecuencia de una gran humildad y sabiduría.

Más que enseñar aprende en la interacción diaria con sus alumnos y crece con ellos en la búsqueda de Dios y la verdad.

Autoridad y disciplina

“Es tan grande la fuerza de la simpatía de las almas y tan propicio el clima familiar que se crea, que nuestros oyentes se sienten afectados, mientras nosotros hablamos. Y nosotros nos sentimos afectados mientras ellos escuchan. Manteniéndonos unidos a ellos por los lazos del amor, lo que antes nos resultaba aburrido, por rutinario, se nos vuelve ahora novedoso y agradable” (Catequesis para principiantes 12, 17).

El educador Cervantino sabe que su enseñanza puede quedarse en mera instrucción que deforma, si no va acompañada del complemento del amor, que “es el verdadero motivador de toda enseñanza”.

Más allá de los conocimientos, fórmulas y teorías, sabe que la aceptación está en función del amor y que normalmente no es aceptado por lo que enseña, sino por cómo lo enseña.

No enmascara los conflictos bajo un falso ironismo o una inmadura afectividad que piensa ganar así a sus alumnos, sino desde la rectitud amorosa que sabe exigir, consciente de lo que el alumno puede dar.

En un clima de amabilidad y comprensión

“Hay que relajar la tensión y eliminar el temor que previene al alumno de expresar sus puntos de vista, creando un clima de amabilidad y comprensión. Hay que romper el hielo con palabras y exhortaciones que provoquen su confianza y den rienda suelta a su libertad…pero hay que hacerlo con finura y tacto, rezumando confianza y comprensión…no hiriendo o avergonzando al alumno”. (Catequesis para principiantes 13,19).

El educador agustiniano sabe por experiencia que el temor y el miedo no educan, someten; y que una persona sometida pierde lo más valioso que puede poseer junto con la vida: la libertad.

Desde su perspectiva evangélica de fe conoce el valor de la alegría, por eso maneja su tiempo y su relación con los demás, en la apertura gozosa y la acogida jovial.

Es capaz de estimular permanentemente la creatividad y la espontaneidad, porque “sabe que son más eficaces que la coacción con temor”

El buen ejemplo: la mejor lección

“Aunque el modo de decir las cosas tiene una importancia grande, la propia vida del maestro es el factor más decisivo a la hora de provocar la receptividad de la audiencia. Nunca faltan, en efecto, quienes justifican sus propias fallas a costa del mal ejemplo de sus maestros: Por qué no practicas – dicen interiormente – lo que predicas si es tan bueno como pregonas?. Distraída así, su atención y despreciando al maestro, acaban por despreciar sus enseñanzas”. Sobre la doctrina cristiana 4,27,60.

El educador Cervantino sabe por experiencia que un gesto vale más que mil palabras y que el ejemplo arrastra, por eso hace de su vida un permanente estímulo e inspiración, sin pretensión alguna de ejemplaridad.

Recreando permanentemente la diversidad que Dios ha querido, busca potenciar las diferencias, a la vez que incrementar la unidad y la comunión entre todos sus alumnos, siempre desde la óptica de la justicia y la igualdad y en función de la proporción que respeta a cada persona y su entorno.

Hace de su vida un permanente diálogo y de su autoridad una amigable compañía.

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